Pluja constant
Audio: Cadena Ser - La ventana Link#1
Ayer noche me acerqué por la barcelonesa sala Villaroel de Barcelona a fin de ver la nueva dirección del autor y director catalán Pau Miró Pluja Constant. O conocida en el mundo anglosajón como a A Steady Rain, una obra del dramaturgo norteamericano Keith Huff. No es habitual ver autores contemporáneos de US en Barcelona, bien es cierto que desde unos años para acá hay una interesante dramaturgia catalana y que aparte de clásicos, Barcelona siempre está al día en autores europeos. Pero norteamericanos, dificilmente nos llega algo más allá del musical de turno. Así que, de buenas a primeras, esta obra es un rara avis.
También es un rara avis el propio texto dramático en sí. Pocas veces la construcción de un texto y personajes a base de simplemente clichés tiene tan buen resultado, pero con Huff se consigue. La historia es la de dos eternos perdedores con uniforme: Denny (Joel Joan) y Joey (Pere Ponce), uno es un triunfador, obsesionado en demostrar su valía, todo lo que posee y su total autosuficiencia; en cambio el otro, hijo de inmigrantes irlandeses no deja de ser un personaje hundido en su propia miseria y el bourbon. Uno intenta enderezar al otro, lo de siempre; y éste siempre se lo agradece, que es también lo de siempre. Y es que el texto no deja de ser la historia que mil veces hemos visto de dos amigos de la infancia y camaradas en el trabajo, que su vida no tiene sentido el uno sin el otro; que de lo uno presume, el otro envidia; lo que uno estropea, el otro enmienda... amigos más allá de la vida y la muerte...
A lo largo de dos monólogos en los que se cruzan, saludan y visitan. Desgranan un asfixiante verano en Chicago bajo una lluvia constante en donde un par de errores de juicio y una larga historia de venganzas y tiras y aflojas que desembocan en una imparable espiral de violencia.
Las interpretaciones de Joan y Ponce están por encima de lo normal. Joan tiene el problema de estar aún encasillado en sus roles de las series en las que participó en Tv3 y la gente erróneamente deduce que ciertas notas y matices cómicos del personaje que deberían ser cosa de risa, no lo son; así pues, mientras algunas risas eran estruendosas, otras se cortaban en seco y se planteaban de qué realmente se estaban riendo, y es que Joan, al márgen de sus opiniones políticas con las que se puede estar más o menos de acuerdo, es un gran actor. No hace ni dos años, él sólo también se atrincheró en la misma Villaroel que ahora le acoge, en Jo sóc la meva dona. En cambio, Ponce, deja de lado su sempiterno rol afable que siempre ha sido marca de la casa, para convertirse en un ronco personaje que masculla, reniega y que proyecta todas sus frustraciones en una botella de Jack Daniels.
El diseño lumínico es impecable a la par que evocador, la sucia y sobria escenografía cumple al cien por cien con su cometido y da un aspecto sórdido a una historia no menos adecuada para ello.
Una obra muy recomendable en donde podemos presenciar un -más que- interesante duelo interpretativo y una interesante manifestación del género negro. En cartel hasta el próximo 9 de Enero en la sala Villaroel.
Como guinda final diré que esta obra estuvo en cartel en Broadway el pasado año con Hugh Jackman en el papel de Denny y Daniel Craig como Joey. La obra trascendió en éste país, como siempre, por una anécdota irrelevante en la que Jackman recriminó a un espectador que no apagase el teléfono móvil.
También es un rara avis el propio texto dramático en sí. Pocas veces la construcción de un texto y personajes a base de simplemente clichés tiene tan buen resultado, pero con Huff se consigue. La historia es la de dos eternos perdedores con uniforme: Denny (Joel Joan) y Joey (Pere Ponce), uno es un triunfador, obsesionado en demostrar su valía, todo lo que posee y su total autosuficiencia; en cambio el otro, hijo de inmigrantes irlandeses no deja de ser un personaje hundido en su propia miseria y el bourbon. Uno intenta enderezar al otro, lo de siempre; y éste siempre se lo agradece, que es también lo de siempre. Y es que el texto no deja de ser la historia que mil veces hemos visto de dos amigos de la infancia y camaradas en el trabajo, que su vida no tiene sentido el uno sin el otro; que de lo uno presume, el otro envidia; lo que uno estropea, el otro enmienda... amigos más allá de la vida y la muerte...
A lo largo de dos monólogos en los que se cruzan, saludan y visitan. Desgranan un asfixiante verano en Chicago bajo una lluvia constante en donde un par de errores de juicio y una larga historia de venganzas y tiras y aflojas que desembocan en una imparable espiral de violencia.
Las interpretaciones de Joan y Ponce están por encima de lo normal. Joan tiene el problema de estar aún encasillado en sus roles de las series en las que participó en Tv3 y la gente erróneamente deduce que ciertas notas y matices cómicos del personaje que deberían ser cosa de risa, no lo son; así pues, mientras algunas risas eran estruendosas, otras se cortaban en seco y se planteaban de qué realmente se estaban riendo, y es que Joan, al márgen de sus opiniones políticas con las que se puede estar más o menos de acuerdo, es un gran actor. No hace ni dos años, él sólo también se atrincheró en la misma Villaroel que ahora le acoge, en Jo sóc la meva dona. En cambio, Ponce, deja de lado su sempiterno rol afable que siempre ha sido marca de la casa, para convertirse en un ronco personaje que masculla, reniega y que proyecta todas sus frustraciones en una botella de Jack Daniels.
El diseño lumínico es impecable a la par que evocador, la sucia y sobria escenografía cumple al cien por cien con su cometido y da un aspecto sórdido a una historia no menos adecuada para ello.
Una obra muy recomendable en donde podemos presenciar un -más que- interesante duelo interpretativo y una interesante manifestación del género negro. En cartel hasta el próximo 9 de Enero en la sala Villaroel.
Como guinda final diré que esta obra estuvo en cartel en Broadway el pasado año con Hugh Jackman en el papel de Denny y Daniel Craig como Joey. La obra trascendió en éste país, como siempre, por una anécdota irrelevante en la que Jackman recriminó a un espectador que no apagase el teléfono móvil.



